Partitura en blanco

Julián tocaba el clarinete desde los 15 años. Ahora tenía 30 y llevaba cinco tocando por los vagones del metro de Barcelona para ganarse la vida.

Tenía un amplio repertorio de temas cuidadosamente seleccionados. Clásicos del jazz, bandas sonoras de la época dorada de Broadway y alguna versión rock.

Una tarde entró en un vagón cualquiera de la línea azul para intentar arrancar una leve sonrisa y alguna moneda a alguno de los viajeros. Pero cuando iba a empezar a tocar, se quedó totalmente en blanco. No recordaba ninguna canción.

El metro ya estaba a punto de llegar a la próxima estación y ni una nota había salido de su instrumento. El músico se quedó inmóvil, intentando recordar  alguna pequeña melodía, pero nada le venía a la cabeza.

La gente empezaba a extrañarse. El hombre llevaba varias paradas con el clarinete en los labios y las manos tapando seleccionados agujeros, pero sin articular movimiento alguno.

Sin querer pensar más, sopló por la embocadura y movió los dedos en una sucesión de notas sin sentido aparente. Y lo que empezó siendo una ristra de sonidos amelódicos, poco a poco empezó a convertirse en improvisación.

Una canción cálida, que nunca había existido hasta entonces, llenó el vagón de vida. Habitado por la música, el silencioso y frío medio de transporte se convirtió en un lugar un poco más humano.

No recordar ninguna canción había sido motivo de preocupación. Pero para que la música empiece a sonar, sólo hace falta una nota.

Jordi Busquets – 2009

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